¿FIN DE CICLO?  14 febrero 2010                 La vida de los humanos es tan corta que nunca nos permite el poder tener una visión clara del complejo conjunto de fenómenos y factores que han hecho posible el nacimiento y sostén de una sociedad concreta durante un período de tiempo más o menos largo. Haber tenido la oportunidad de visitar Siria, Egipto, Grecia y Roma (y cabe añadir las culturas precolombinas quienes hayan tenido la suerte de contemplar sus ruinas) siente la desazón ante la incontenible pregunta sobre cómo fue posible que tan grandes civilizaciones pudieran haber llegado a un ocaso que preludiaba su posterior desaparición. Acariciar sus vetustas piedras y transitar por unas calles que mantienen todavía la huella del rodar de sus carros produce la sensación y la certidumbre de estar andando –nosotros y nuestra cultura de hoy- instalados sobre el “todo fluye” de los clásicos griegos tan pareja al concepto de mutabilidad que  esgrime la filosofía búdica: nada permanece. Y no me refiero a la vida humana –cada vida humana- sino al sistema social y cultural de un conjunto humano total, que logra mantenerse con fundamentos y  relaciones casi inalterados durante siglos para hundirse después en el silencio mientras emerge pujante otra sociedad y otra cultura para sucederla.                Hacer de arúspice agorero vaticinando la desaparición de esta nuestra cultura occidental con su sistema económico, sus macrociudades ya invivibles, su horripilante modo de generar contaminación y detritus y su incapacidad para regenerar su propio corazón peligrosamente atrapado por la propia e insaciable depredación de bienes y materias, puede parecer catastrofismo y resultar políticamente incorrecto, pero uno se huele que la tendencia hacia la precipitación es irreversible y lo confirma el fracaso de las utopías nacidas en el intento de transformar al humano desde el seno de lo religioso –Cristianismo e Islam- y posteriormente con Marx/Engels y el comunismo desde lo socio/económico. Y tomamos estos dos modelos por su implante histórico en el corazón de lo social y su voluntad de ser germen transformante de la realidad total, elidiendo otros sistemas de pensamiento que centran su mística en la liberación interior e individual -budismo- y han resultado socialmente inanes del todo.                Dichos dos sistemas, de cuya pureza de intención y voluntad transformante iniciales nadie duda, partieron de un concepto de “hombre nuevo” que estaba todavía en la fragua         y que habría de chocar con una humanidad enraizada aún y furiosamente en el “ego” y no en el “alter”; así, y en contradicción con los propios principios, sus mínimos y temporales logros -la cristiandad medieval y la sociedad sin clases- tuvieron que echar mano de la fuerza y hasta de la fuerza extrema para imponerse y mantenerse, causando así aún más violencia, miedo y horror de los que decían venir a extirpar.  Bien pronto el renuente “hombre viejo” pudo con la predicación del “nuevo” (el hombre cristiano y el comunista), fagocitando y envejeciendo las mismas representaciones institucionales  y fácticas de aquellas magníficas ideas iniciales: Iglesia y Partido, que con todo y proclamar a gritos, discursos y encíclicas la renovación total de la humanidad vivían contradictoriamente instalados en el poder y participaban en los antivalores del sistema egoísta de siempre. Acabaron siendo puro ectoplasma, puro fuego fatuo para ilusión de quienes precisando de un espectáculo  suficientemente atractivo pero que no cuestionara sus posesiones, sus negocios y sus pertenencias (los mensajes iniciales sí lo hacían y en modo radical) quedaban cínicamente satisfechos aplaudiendo los desfiles militares del Kremlin o los eventos barrocos del Vaticano.                  El latrocinio de los poderosos de hoy que ha sumido al planeta en una crisis de difícil o imposible salida, la lógica incapacidad de los líderes mundiales -“hombres viejos”- para encauzar ese tan cacareado “rearme moral” y el dormitar de un mundo occidental hasta hoy encandilado con cuatro zarandajas consumistas nos ha puesto al borde de un “fin de ciclo” altamente peligroso…                Con todo quedan todavía  residuos de población que creen firmemente en aquellos modelos tal cual fueron promulgados en sus inicios y anhelantes del “hombre nuevo”; ellos desconfiaron dolidamente y desde siempre del “aparato” político y religioso de sus propias instituciones; pero de estos cabrá hablar en una próxima ocasión.