ME VOY A PESCAR

 

 

                Recuerdo haberlo apuntado más de una vez: a los humanos suele salirnos mejor el acompañar duelos que hacerlo con las alegrías. Reír con los que ríen y hacerlo sinceramente nos viene cuesta arriba pues supone un sabernos alegrar de corazón por la suerte y la felicidad de los demás y siendo sinceros ante su bien y su suerte entramos en riesgo de que se revuelva el poso de los celillos y hasta de las envidias que todos guardamos dentro. En cambio ante las penas y los lutos somos más proclives a solidarizarnos sinceramente pues al no desear para nosotros el mal que ha caído sobre nuestros compañeros nuestro sentimiento deviene como más limpio  y más auténtico.

                Y traslado esta sensación a los sentimientos que desde la fe en Jesucristo despierta en nosotros el recuerdo/vivencia de su pasión-muerte y resurrección. Los días de celebración dolorosa, Viernes Santo especialmente, dejan huella en todos -y cabe recordar las múltiples y variadas expresiones  estéticas, todas impactantes, que nos recuerdan la muerte de Jesús-; no tan así y por contra las de los días que se refieren al ciclo de Pascua, las cuales, incluso litúrgicamente, se quedan a años luz del terremoto de júbilo que debiera recorrernos el espinazo del alma si la afirmación: la muerte ha sido vencida, hubiera pasado de la mera proclamación teológica a la vívida convicción personal y espiritual. Jamás en la historia de la humanidad se ha anunciado un mensaje tan radicalmente corrosivo para el reino de las tinieblas y tan insuperablemente positivo y exultante para el sentido de nuestra existencia. De ahí que me sorprenda la inanidad -el nulo efecto- que produce sobre el mundo y no solamente el cristiano, esta abismal proclamación, la cual debiera haber reventado de una vez y para siempre los goznes de la historia al dejar temblando y abiertos los batientes de la puerta que da paso a una metahistoria de luz y de comprensión eternas. Decididamente la fe no es lo nuestro por mucho que nos llenemos la boca afirmando poseerla; seguimos todavía atados a la noria de la muerte; la resurrección apenas si llega a ser un incierto aroma intermitente traído y llevado por el viento de los siglos que no tiene la fuerza suficiente para afincarnos en la vivencia del proclamado axioma: no ser de este mundo aún estado en medio de él, y de ello tenemos muestras por doquier al tener que reconocernos como cristianos y miembros de una Iglesia lastrada por el pecado personal y colectivo que a brazadas descompuestas intenta emerger del oleaje.      

                Y el panorama se me despeja a modo de justificación cuando releo una y otra vez los difíciles textos del Nuevo Testamento que se refieren a los días posteriores a la muerte de Jesús y constato el balbuceo de frases y conceptos inconexos y hasta contradictorios en un afán catequético que parece busque narrar lo que por definición es inenarrable: que un muerto viva para nunca más morir.

                Y el apóstol Pedro me consuela en mi lucha interior. Los apóstoles han afirmado haber visto al Señor tras su muerte –tres veces lo han visto dirá el texto- y es el Evangelio de s. Juan quien nos presenta a Pedro -¿defraudado pese a haberlo visto?- junto al lago en el que se crió y en el que se ganó el pan de cada día. : Me voy a pescar, dice, y los demás  añaden: nosotros venimos también, y para mayor desolación el texto insiste: aquella noche no pescaron nada. Trabajo, noche, nada…parece que el evangelista busque describir el estado de desánimo general de los seguidores tras la caída en desgracia de su Maestro y pese a sus visiones post pascuales, descripción que haría eco a las palabras dolidas que los dos de Emaús habían dirigido al “desconocido” aquel primer día de la semana: Nosotros pensabamos que él seria el libertador de Israel… pero, ya ves, han pasado tres días… cierto que unas mujeres han ido de madrugada… y concluyen: Pero a él no le han visto.

                Y es en medio de aquella negrura cuando el evangelista reduplica la descripción resurreccional: En el albor del día … Y Jesús les grita desde la playa: ¡Chicos !, ¿tenéis algo para comer? Suena a chiste pero hay un frescor natural en la pregunta que me gusta más que la segura intencionalidad del evangelista al describir a un Jesús/donación/eucaristía repartiéndoles el pan y el pescado; será más sublime pero hoy por hoy todavía necesito más historia que teología.  Y otra vez renace la esperanza que habrá de mantenerlos hasta Pentecostés.

                Y hurga en mi interior el aleteo zumbón que me llevaría a llenar de abejas todas las iglesias para obligarnos a salir entre sustos y risas y así poder darnos de bruces con la luz primaveral que revienta entre trinos y flores sobre nuestro minúsculo rincón cósmico. Quizá pudiéramos descubrir a Aquél que vestido de blanco nos espera sobre el verde de los campos como anuncio de la Vida Eterna y con el pan y el pescado dispuestos… o como loquero presto a ponernos la camisa de fuerza y encerrarnos por locos o fanáticos. (¿No ven Uds. como al final puede más la sensatez ramplona y ratonil que la fausta locura angelical de la cual apenas sí guardamos algún trazo interior, aquel que nos fue pintado allá en los primeros tiempos del Edén bíblico…?.